lunes, 20 de diciembre de 2010

La torre de los siete jorobados

Creo que ya he mencionado anteriormente mi síndrome de Diógenes. Una de las cosas que me da por acumular son películas, que me llaman la atención por cosas de lo más variopinto, y que luego pasan incluso años hasta que por fin las veo. La torre de los siete jorobados, de Edgar Neville, es una de esas películas. Me enteré de su existencia hará ya dos años, investigando para un trabajo de Expresionismo Alemán, y me hice con ella. Ahí se quedó languideciendo. Unos meses después compré la novela de Emilio Carrere, no pudiendo refrenar mis ansias diogénicas y consumistas dado que se trataba de una edición de Valdemar. La novelita en cuestión es bastante más retorcida que la película (y la historia de cómo se escribió la novela, explicada en el prólogo, lo es aún más), y Emilio Carrere un autor altamente recomendable; yo, personalmente, me descojono con él.

Pero bueno, al grano. Ayer, la película de Neville tuvo su momento de gloria; vamos, que por fin la vi. Una verdadera joyita, lógicamente no comparable a la novela porque en una hora y media tienes difícil la adaptación, pero bueno. 



No es una película de terror; no sé dónde leí que no tenía naaada que ver con los Karloff y Lugosi clásicos de la Universal. Lógico, no es terror, aunque aparezcan fantasmas. ¿Cine fantástico? Algo así. El argumento gira en torno a Basilio, un hombrecillo bastante supersticioso y sensitivo (como la del grupo Hepta, sensitivo de los que ven muertos) al cual se le aparece el espíritu de don Robinsón de Mantua pidiendo que le ayude, ya que él fue asesinado por algo por lo que su sobrina Inés está ahora en peligro. A partir de ahí, aquello empieza a desparramar con sectas de jorobados, policías que duran menos que un bizcocho a la puerta de un colegio, sobrinas secuestradas e hipnotizadas y una ciudad subterránea bajo Madrid construida por los judíos en el momento de su expulsión.


La novela incorpora bastantes elementos espiritistas; en la película se quedan en las apariciones y apariencia del fantasma de Robinsón de Mantua (la primera puede ser la única que dé un poco de miedo, y tampoco) y la escena surrealista con Napoleón llamado en la sesión espírita (muy grande), escenas que tienen más de cachondeo que de terror. Y es que la película tiene varios momentos de humor castizo que oiga, aún hacen soltar alguna risilla: la cena con la madre de la Bella Medusa, y el arqueólogo don Zacarías canturreando entre las tinieblas, tienen su aquel.

Lo mejor de la película, en mi humilde opinión, es su estética. Desde el Madrid más típico de finales del XIX, con sus niños cabroncetes, el sereno y los carruajes, hasta la maravillosa recreación de la ciudad subterránea. Una que, aunque a nivel usuario, conoce algo sobre el Expresionismo Alemán, babeaba con esas escaleras de caracol hacia las profundidades, esas sombras y esa ciudad sacada de El Golem de Wegener. Una auténtica maravilla, hecha seguramente con dos duros, pero que da el pego que da gusto.



Lo dicho, muy recomendables tanto la película como la novelita. Auténticas gozadas.

3 comentarios:

  1. No he visto la peli ni he leído la novela, pero últimamente me encantan las pelis en blanco y negro, he visto unas cuantas navideñas que nunca había visto y me entusiasman...

    ¡Gracias por visitarme y seguirme!¡Yo también lo haré!¡Un beso!

    ResponderEliminar
  2. Un trabajo sobre Expresionismo Alemán? En qué trabajas o estudias? A mí es un movimiento que me encanta, más en Arte que en Cine la verdad, pero la estética de las pelis de este rollo es una pasada.
    Bss!

    ResponderEliminar
  3. Hola! La asignatura de Expresionismo fue una optativa (o de libre configuración, no recuerdo) de la carrera, en Filología Inglesa. Nada que ver, lo sé, pero ha sido una de las mejores que he tenido, y no se centraba solo en cine, también arte, literatura y música. Una pasada.

    Gracias por pasar a las dos! Un saludo!

    ResponderEliminar